miércoles, febrero 11, 2026

El Espejo De Mí Vida - Capítulo 228 [3T]

 

Noté el puñal atravesándome el corazón. Sangre de mi sangre, también me estaba engañando, ¡no lo podía creer!

-      Dary… ¿me puedes explicar esto?- le dije señalando con una mano.

Él miró y cuando la vio, se le cambió la cara a sorpresa, al mirarme simplemente me abrazó.

-      ¡Lo siento mucho, mi amor! – dijo.

-      Ella, ¿me ha engañado? ¡También ella lo ha hecho! – dije.

Cómo había tanto ruido entre la gente pasando y la música de la pista, no me escuchaba nadie, excepto Uriel.

-      Si, también lo ha hecho. ¿Cómo te sientes? – preguntó Uriel.

-      Con ganas de montarle un numerito o de darle guantazos delante de sus amigos… pero creo que es mejor que me lleves fuera de aquí, porque no respondo. – dije.

Uriel me agarró de la mano y me arrastró hacia las escaleras antes de que pasase un accidente más grave. Estuve tan en shock que simplemente acepté lo que ya era inevitable, me había quedado oficialmente sin amigos. Ni la familia me podía sacar de ese estatus.

La soledad había ganado la batalla, me había apartado de aquellos que se suponía no debían dejarme ir, pero allí estaba, sola ante todo. Si el universo había permitido todo eso, tenía un plan perverso para mí ya programado, por los cuales no estuve informada a tiempo para evitarlo. Así pensaba, que la soledad era el enemigo y que por su culpa, ahora entraría de lleno en lo que jamás había hecho y siempre lograba escapar, conocerme a mí misma a fondo.

Si se me daba mal hacer amigos, imagínense intentar conocerme. Lo peor de esa situación no era estar solo, sino que la gente se aprovechaba de ello y se reían, porque la Laia siempre se “auto-marginaba”. No había ni una pizca de empatía por ningún lado, y eso dolía tanto, señores, tanto que si llegaba al final del día sin llorar, era un pequeño logro.

Convivir conmigo misma fue lo más aterrador que tuve que hacer, sobretodo al principio, porque me daba miedo mi propio silencio.

Al día siguiente decidí volver a llamarla, para ver si me daría una explicación. En un caso hipotético que quizás le llamó un compañero de clase y la acabó engañando para salir un ratito y yo simplemente lo estaba interpretando mal. Quería sentir que me estaba equivocando para elidir la soledad ganando esa batalla, pero…

-      Hola. – dijo muy seca.

-      Hola. ¿Cómo vas?- le dije.

-      Bien.- dijo.

-      ¿Tienes algo que contarme?- le dije.

-      ¿De qué?- respondió.

-      No sé… ¿qué tal la tarea de matemáticas?- dije.

-      Puf… tengo mucho todavía, tampoco puedo quedar.- se excusó.

-      Ah… ¿o sea que tienes que volver a estudiar y calcular el área del cuadrado?- dije ya irónica.

-      ¿Del qué? No hago geometría, estoy con ecuaciones de segundo grado.- dijo

-      Ah… pues no entiendo qué hacías ayer por las siete de la tarde en la plaza con tus amigos, cuando dijiste que te pasarías el finde haciendo mates…- le dije directamente.

Entró un silencio bastante impactante.

-      ¿Cómo sabes eso?- preguntó algo más brusca.

-      Te vi. – respondí.

-      ¿Me seguiste?- dijo.

-      ¡No, no…! Salí de comprar en una tienda y te encontré.- le confesé.

-      Ah.- dijo.

Otro silencio. Pensaba que me pediría perdón o una explicación, pero tardaba.

-      Entonces,… - dije.

-      ¿Qué?- dijo.

-      No sé… creo que me debes una explicación, ¿no?- dije.

-      ¿Por qué?- dijo.

-      ¿Cómo que por qué? Me has mentido. – dije ya tocada emocionalmente.

Otro silencio.

-      ¿No piensas decir nada, aunque sea una excusa barata?- le dije.

-      No.- respondió.

-      Ok. Ya entendí el mensaje. Mira, que te vaya bien la vida Sofía, creo que es mejor que cada una tome su camino por separado. – le dije.

-      Vale.- respondió y me colgó.

Nunca recibí una explicación, y eso me dolió muchísimo. Tras la llamada, me fui al cuarto, me tumbé en la cama y me puse a llorar, Uriel y Gabriel se sentaron en la cama a consolarme. Esa fue la última vez que tuve su número de teléfono memorizado en mi cabeza, a partir de ese momento la amistad de primas de uña y carne se había roto para siempre.

A partir de esa noche, empecé a tener pesadillas.

De nuevo volvía a preguntarme ¿por qué la gente me odiaba tanto? ¿Era tan diferente a ellos que ni me permitían estar a su lado? Todo el tiempo rodeada por la soledad, hablando solo con mis angelitos divinos, e ignorada por los humanos, esas criaturas que se creen lo mejor del mundo, pero la verdad es que a mí me hicieron sentir que ni merecía haber nacido.


Mantener la positividad ante dicha situación, se complicaba por momentos. Los únicos que podría agradecer poder estar a su lado, eran mis padres, mi abuela y el tiet Josep… pero claro eran familia, por obligación debían aceptarme. Yo no niego que me aferré a ellos, aunque fuese a un clavo ardiente, era lo único que tenía en mano, ¿qué quisieran que hiciese deprimirme? Tarde… ya lo estaba, pero intentaba ser positiva aunque costase el día entero fingir o aceptar compañía que ni fu ni fa.

Durante el último día de clase antes las vacaciones de Navidad, hicimos un desayuno improvisado, además de repartir los regalos del amigo invisible. El mío le tocó hacer la Nieves… y realmente me ofendió mucho. Me regaló dos velas perfumadas redondas de color rosa.

-      ¡Que coño…!- susurré mirándolas.

-      ¡Qué ofensiva, por dios! ¿Quién ha sido? – dijo Gabriel enojado mirando a la multitud.

-      La Nieves. – respondió Uriel.

Gabriel se puso de rodillas, aprovechando que todos estábamos sentados en el suelo, mirando a la Nieves directamente.

-      ¿Eh tú, a santo de qué le haces esta mierda de regalo a mi Laia, eh? ¿Qué pasa que has sido tú quién escampó el rumor de que no se baña, o qué? – dijo Gabriel a gritos.

-      ¡Mi protegida no ha sido! – respondió el ángel guardián de la Nieves.

-      ¿Cómo qué no? ¿Y entonces, qué puedes interpretar de esta mierda, eh? – siguió Gabriel.

-      Mi protegida no la conoce bien a la tuya… - respondió el ángel de la Nieves.

-      ¡Más le vale no acercarse! – gritó amenazante Gabriel.

-      Ya basta, Gab.- dije susurré un poco más alto, aprovechando que habían gritos de alegría porque se había abierto otro regalo de otro compañero.

Gabriel me miró con los ojos inyectados en sangre y su cara arrugada de enojo, cruzó los brazos, resopló y se quedó callado.

De regreso a la casa, Uriel miraba mis manos dónde llevaba el regalo, mientras que Gabriel seguía resoplando pero callado.

-      No sé qué piensas tú, Dary. Pero esto… no tiene ningún sentido.- le dije.

-      Claro que tiene sentido, amor. Es una de esas señales que hay que profundizar en su significado. – dijo Uriel positivo.

-      ¿Significado, de qué? ¿Piensas igual que Gabriel?- le dije.

Uriel dijo que no con la cabeza.

-      Pues a ver… ¿qué significado le darías?- le dije desafiándolo a Uriel.

-      Una vela encendida significa que eres el Ser de Luz que admira con mucho cariño es cómo si te dijera <te admiro y por eso dónde tú luz esté voy a estar>. Además, las velas son rosas, ¿recuerdas el significado de este rayo? – explicó Uriel.

Me quedé pensativa observando las velas, Gabriel me copiaba, nos miramos intentando comprender algo de lo qué había dicho.

-      El Rayo rosa significa el cariño que siente por ti. – terminó Uriel.

Gabriel y yo nos echamos a reír a carcajada limpia.

-      ¡Hermano, deja de tomar lo que te tomas, en serio! – vacilaba Gabriel.

-      ¿De qué se ríen? – dijo Uriel algo molesto.

-      Mira me lo creería, sino fuera que he sido testigo de ese odio que le tienen todos sus compañeros, hermano. ¡Parece que te dejes los ojos en casa y no los traigas a clase, que mis ojos lo ven todo clarito! Y aquí no hay nada de admiración…- dijo Gabriel.

-      ¿Lo dices en serio, hermano? – preguntó Uriel desafiando a Gabriel.- ¿No te enseñaron a profundizar o qué pasa? – dijo.

-      Si, y sé que la odian. – respondió seco Gabriel.

Estaba de acuerdo con Gab, era imposible que me hubieran hecho tal regalo por el significado que le dio Uriel.

-      ¡Estoy contigo Gab! Si me admirasen, no me lastimarían tanto, no me esperarían tardes a las cinco en la puerta para seguirme, no me llamarían pato Donald ni tampoco se burlarían de mis notas. Me permitirían colaborar en los trabajos de clase, y si tuviera un problema ellos estarían, y ¿ves que pasé?- dije la verdad me dolía, pero era la verdad.

Nos quedamos en silencio mientras que íbamos los tres a casa de mi abuela. Antes de llegar, puse las velas en la mochila, y me puse a respirar profundamente mientras me atoré unos minutos en el parque del cementerio.

-      Hay algo que quiero decirles, mis angelitos.- dije mirándoles a la cara.

-      ¿Qué pasa? – dijo Gabriel.

-      Está claro que tengo que pasarme un tiempo sola, sin humanos más allá de mi familia. Será un camino duro y muy oscuro, pero venceré esta oscuridad, así…- les agarré de las manos, respiré profundamente y dije – juntos.- sonreí esperanzada.

-      ¡Siempre juntos! – dijeron Gabriel y Uriel a la vez con su sonrisa más agradable.

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