- Te cuento más sobre los universos paralelos, si me respondes a una pregunta, amor…- dijo Uriel interesado y cotilla como lo suele ser.
Le miré atenta a su pregunta.
- Dime la verdad, ¿te gusta? – dijo Uriel.
Resoplé y hundí la cabeza entre mis rodillas, noté su mano en la nuca y sus risas de que había dado en el clavo.
- ¡Si, pero es que tengo un problema, Dary! – dije.
- Dime. – Respondió.
- También me gusta Gabriel.- confesé con los ojos de cachorrito, como si fuera imposible de elegir.
Uriel se emocionó y se puso a reír un momento.
- ¡No tiene gracia, Dary! Lo paso mal… no tengo ni 14 años, y ¿siento amor por dos muchachos que viven en otra dimensión? ¡Ay,…!- me quejé.
- Tampoco está tan mal, siempre has tenido buen gusto para los hombres, amor. – Me animó.
- Eso tampoco ayuda, Dary.- le miré.
- Me refiero a que son bellísimos seres de luz, sé que te cuidarán siempre. – dijo.
- ¿Conoces al profesor en persona?- le pregunté frunciendo el ceño.
- No especialmente, pero me han dicho cosas muy buenas sobre él. – respondió.
- ¿Quién?- la curiosidad me mataba por dentro.
- Gabriel. – dijo.
Me quedé en silencio. ¿Cómo?
- Mira, ya llegó el metro. – dijo y nos levantamos a esperarlo a que se parara y entramos.
Gabriel apareció por la mañana en la habitación, cuando ya el domingo se había convertido ya en un mísero recuerdo, y tocaba volver a la tortura, al colegio. Esa mañana mí padre entró en la habitación para despertarme pero ya lo estaba, casi no había podido pegar ojo. Me preparé, me tomé el cola-cao y con la compañía de Gabriel y Uriel en silencio nos fuimos hacía a la Salle.
El frío de Noviembre ya se te metía en los huesos, imaginaba poder volver a la cama a soñar, pero era algo imposible. Noté como Gabriel me abrazaba con su brazo por mí cintura, pero hice un gesto y él se quitó enseguida, intenté ignorar su reacción, aunque de reojo notaba que me miraba frunciendo el ceño. Entonces me agarró del guante, pero quité la mano.
- ¿Qué te pasa, mi amor? – preguntó molesto.
No le respondí.
Subiendo al primer piso dirección a la clase de tortura, de nuevo como cada mañana me entraba en el estómago unos nervios que parecían espadas clavadas en el esófago. Justo antes de llamar a la puerta porque ya la habían cerrado, respiré hondo y me entré de valor para enfrentarme al famoso paseíto que odiaba todos los días. Acababan de cerrar la puerta cuando entraba al pasillo, no era que iba mal de hora, me abrieron, entré cerré la puerta y el silencio se hizo, entre risitas muy molestas, me fui a mí silla, dejé la mochila, me quité la chaqueta y la llevé al perchero, y luego fui a la taquilla a buscar los libros del día.
- ¡Qué molesto es esto! – gritaba Gabriel a la clase, pero solo los ángeles de los humanos les escuchaban, entre los demonios que traían pegados que se reían descaradamente.
- ¿No tienen mejor otra cosa que hacer que tenerlas con nuestra protegida o qué? – dijo Uriel defendiéndome.
Cerré la puerta de la taquilla con fuerza que casi la hago giratoria, de tal forma que todos se quedaron asombrados en silencio, regresé a mi silla y me senté. Estaba avergonzada por lo que decían los ángeles, yo intentaba hacer como si nada y ellos no callaban.
Ni se imaginan lo que era ver a todos los compañeros envueltos de demonios y ángeles, y en vez de hacer caso a la luz les hacía caso a los demonios que tenían cada vez más y más fuerza. Y la tutora la Dolores, ella llevaba cinco demonios enganchados, pero su ángel ya ni lo veía, y me preguntaba ¿lo tenía?
No podía hacer nada, ni luchar contra los demonios, ni hablar de ellos ante los humanos, había acordado mantener un perfil bajo ante el universo hasta que fuese seguro.
En ese momento se me cayó en el suelo el lápiz, me agaché para agarrarlo, y entonces veo que mi chaqueta naranja que llevaba en ese tiempo, y que apenas hacía cinco minutos que lo había dejado en el perchero, estaba en el suelo, pataleada y sucia de pelusillas. Mi abuela se quejaba de que llevaba la chaqueta muy sucia y la tutora también, pero ¿nadie se fijaba en lo que hacían?
Volví a levantarme, la agarré, escuché las risas de Nil, Guillermo, Aleix, Arnau, Gerard, Eloy,… risas malvadas, les miré enojadísima.
- ¡DEJEN DE PATALEAR MI CHAQUETA! ¿ENTENDIERON? – grité.
Se pusieron a reír, mientras que jugaban delante de mí a que la chaqueta quién la tocaba tenía la peste. En ese momento no pude más, agarré las chaquetas que había alrededor apartadas de la mía que eran las suyas, y las tiré todas al suelo y las empecé a patalear.
Se quejaron, la tutora se enteró y ¿a qué no adivinan a quién le echaron la bronca? ¡A MÍ y a ellos NADA!
- ¡SE VAN A ENTERAR…!- dije mientras que iba a por ellos a darles de hostias hasta al DNI, pero Uriel y Gabriel me agarraron y me apartaron de ahí de inmediato.
Gabriel para calmarme me agarró de las mejillas para que le mirase a los ojos, y al hacerlo me calmé, me senté e intenté empezar la clase de una vez.
En el cambio de hora, agarré la chaqueta y la puse en la silla, pero luego entró el profesor y a mitad de clase, me obligó a ponerla al fondo en los percheros. ¡Cojones!
Más cosas que me sobrepasaban de ir a esa clase, a la hora del patio, no sé qué pasaba, pero cada vez que salía por la puerta y cruzaba el campo para ir a la zona de Voleyball. Lo que pudiera haber sido un accidente la prime vez, se volvió recurrente, chutar la pelota en mi cara. Cuando pasó la primera vez, pensé < ¡vaya… qué mala suerte!>, pero cuando pasaba todas las mañanas de clase, allí si que me cagué en todo lo que podía y lo que no también… Eso provocó que mis gafas sufrieran tanto que acabaron torcidas ya siendo imposible de ponerlas bien.
Un jueves por la tarde, a las seis más o menos a principios de diciembre, decidí ir a casa dejar la mochila, agarrar los guantes y cinco euros que tenía ahorrados en la billetera, para irme con Uriel a patinar en la pista de hielo él y yo a solas. Era genial, porque como aún estábamos en clase, es decir que aún no habíamos terminado y llegado en las vacaciones de Navidad, a esa hora no había ni el tato patinando, a pesar que en 2026 la pista es mucho más grande, antes al ser más pequeña se llenaba enseguida.
Le entregué el billete de cinco euros al señor de la taquilla, me dio un papel, y me fui a la zona de los patines, le di el papel a la chica que atendía…
- ¿Qué número?- dijo la chica.
- 40, por favor.- respondí.
De pie hacía 39 y de costumbre hay que pedir un número más. Agarré los patines, me fui a un banco a ponérmelos, y luego de volver a ponerme los guantes, agarré el mismo papel y se lo di a la otra chica que estaba vigilando la entrada de la pista, y entonces empecé a patinar. ¡Qué gusto y qué alegría!
A pesar de no tener amigos, intentaba disfrutar esos momentos con Uriel, le agarraba de la mano y nos poníamos a deslizar las patas de lado a lado, divirtiéndonos como dos niños. Fueron momentos inolvidables, la verdad, hablábamos de nuestras cosas, lo sé la gente me veía que hablaba sola, pero lo intentaba disimular un poco en ese tiempo, pero eso me regresó la sonrisa de una adolescente intentando comprender la vida compleja que se había vuelto sin saber por qué… ¡Fui feliz!
- Después de las fiestas, haré mi primer viaje al otro universo.- le dije.
- ¿Estás nerviosa?- preguntó Uriel.
- En realidad debería estarlo, pero algo me dice que no tengo por qué…- dije riéndome de mí misma.
- ¿Lo estuviste la primera vez que viajamos a Agartha? – preguntó Uriel.
- No, confié tanto que me dejé llevar.- dije.
- ¿Ves? Eso es porque tu alma lo recuerda.- respondió Uriel.
- ¿Ya he estado allí?- pregunté.
Uriel dijo que si con la cabeza. Pero en ese momento, alguien se detiene delante de mi tan brusco que sin querer, acabo frenándome con él.
- ¡Uy!- dije…
- ¡Perdona, no quería hacerlo brusco!... – dijo.
En ese momento le miré a la cara, le quería decir algo, pero me quedé en blanco. ¡Hostias, no podía ser!
- ¿Tú?- dije sorprendida.
- Si. Hola Laia.- dijo con su sonrisa más bella.
El chico de ojos verdes, pero dos años más mayor.
- ¿Quieres patinar conmigo?- preguntó.
Tardé en contestarle, me venían tantas cosas a la mente, que al final rechacé su oferta.
- ¡Vamos, Dary!- le dije agarrándole la mano a Uriel mientras esquivaba al chico.
El chico se quedó mirándome, pero siguió patinando detrás.
- ¿Por qué no le acompañas?- dijo Uriel.
- No. Es que me da vergüenza.- le dije.
- ¿De qué? – dijo Uriel.
- ¿Y si no está aquí realmente?- dije.
Uriel se puso a reír.
- ¡No hace gracia! Hablábamos de él y de repente ¿aparece?- dije.
- Todo está conectado, mi amor. – respondió Uriel.
- ¿Es que acaso vivo en una telenovela o qué? – comenté.
Uriel volvió a reír.
- ¿Está aquí o no?- pregunté y al ver mi cara de seria Uriel dejó de reír, le miró y al verme dijo que si con la cabeza.
Sigue los videos de nuestro canal de youtube, aquí:
HR.
HERO&Corporation.

No hay comentarios:
Publicar un comentario