El Espejo De Mi Vida - Capítulo 242 [3T]

 

El frío de la pared lentamente me hacía recuperar el aliento, en cambio mis piernas empezaban a fallar, así que dejé llevar y quedé sentada en el suelo. Gabriel cuando se dignó a mirarme vino a por mí, pero le levanté la mano y se detuvo.

-      Necesito un minuto.- le dije.

Él sonrió.

-      Muy bien. – dijo Gabriel se giró y se fue al baño, que estaba en la otra puerta de la habitación al otro lado.

Recuperé la respiración y me levanté, empecé a vestirme aunque ponerse una túnica con partes de armadura no era fácil haciéndolo una sola. El metal sonaba mientras intentaba atarme la armadura del pecho, pero las pequeñas cuerdecillas se me escapaban y costaba bastante encontrarlas en la espalda.

-      ¿Me permites que te ayude? – preguntó Gabriel.

Solté las cuerdecillas y le dejé hacer, escuché los pasos des del umbral de la puerta hasta mi espalda.

-      Han pasado miles de años, y las túnicas reglamentarias siguen usando estas cuerdecillas imposibles.- dije quejándome.

-      Si, son un suplicio. Pero por lo menos te mantienen con vida, por si acaso nos atacan. – decía.

Estaba tan cerca de mi oreja derecha que notaba la electricidad de nuevo viajar por mi torso, acelerándome el pulso.

-      No me imagino a Mic que lleva la armadura todo el día.- dije.

-      Oh, si. ¡Es un horror! Recuerdo en las guerras que no podíamos usar nada más, y al final el metal lastimaba la piel. – comentó Gabriel.

-      Por no decir que si tienes que ir sigiloso en algún lado, con esto pareces un sonajero andante.- dije.

Gabriel se echó a reír y yo me uní a él.

-      Date la vuelta. – dijo con sutileza, obedecí.

De nuevo sus ojos verdes brillaban al encontrarse, pero bajó la mirada al mismo tiempo que emitió un gruñido, agarró las cuerdecillas de la cintura que salían de la armadura, hincó una rodilla al suelo, y después la otra mirándome de nuevo a los ojos, quedándose a la altura de mi cintura. Sentí como me hervía la sangre, al mismo tiempo que la respiración de nuevo se aceleró.

-      ¿Te puedo hacer una pregunta?- le dije.

-      ¿Qué quieres saber? – dijo curioso.

Gabriel miró las cuerdecillas y prosiguió a abrochármelas.

-      Esto que sentimos, ¿Desde qué vida ocurre?- dije.

Paró de abrochar clavándome sus ojos verdes en los míos.

-      Yo jamás me había enamorado de nadie, hasta que te conocí. Llevamos por tantas vidas amándonos, que el tiempo ha ido caminando en varias direcciones, pero lo nuestro siempre ha sido autentico, poderoso y noble. – hizo una pausa, mientras que sonreía nostálgico.- Contigo me casé de verdad, prometiéndote y cumpliendo mi palabra para todas las eternidades. – terminó.

-      ¿O sea que estamos destinados a estar juntos? – le pregunté.

Me agarró de a mano y le dio un beso en la palma, sentí la electricidad recorrer desde la mano, por el brazo, al corazón, cerré un momento los ojos.

-      Así es. Tú eres mía y yo soy tuyo. – respondió mostrando su sonrisa de enamorado que me dejaba loca.


De la cara se me borró la alegría, desvié la mirada y la preocupación me invadió la mente. Gabriel se alzó, con sus manos me agarraban de mis mejillas, que me obligaron a mirarlo directamente a los ojos.

-      ¿Qué ocurre? – dijo.

-      ¿Cómo sería vivir contigo en un mundo lleno de humanos que desprecian y dudan sobre nuestra existencia?- le pregunté.

Se le oscureció la mirada.

-      Nuestro trabajo es invisible, amor. – dijo con firmeza.

-      ¿Y mis padres, crees que algún día podría presentártelos?- dije arqueando una ceja.

-      Normalmente no nos mezclamos, por no condicionarles. – respondió.

-      Pero yo…- me interrumpió.

-      No eres como los demás humanos, eres uno entre pocos que viven ambos mundos al mismo tiempo. – dijo Gabriel.

-      ¿Qué significa eso?- pregunté.

-      Significa que puedes elegir, desde qué bando quieres vivir. – respondió seriamente Gabriel.

Bajé la mirada intentándola hundir en su hombro, pero él me agarró fuerte de las mejillas y me impedía bajar la cabeza, le miré a los ojos.

-      ¿Y tú, qué sería de ti si eligiera el bando humano?- le pregunté.

-      Dejaríamos de vernos. – dijo.

Me crecieron lágrimas en los ojos tan rápido que no me dio tiempo a pensar en otra cosa, solo con pensar que me podría abandonar, me partía el alma en mil.

-      ¿Serías capaz de hacer algo así?- le pregunté ya lágrimas al rojo vivo.

-      Soy Gabriel, la mano derecha de Dios. Mi posición es importante para mantener el plan divino a raya. He dicho que dejaríamos de vernos, pero a mi también se me partiría el alma, porque te amo. Estoy aquí, contigo. Intentando ayudar a la humanidad a conseguir su última oportunidad para entrar en la quinta dimensión, estoy aquí contigo, me partiría el alma si tuviéramos que separarnos. – confesó.

Las lágrimas brotaban con fuerza.

-      ¿Por qué te cuesta tanto confiar en la humanidad? Yo siento que podrían aceptarnos, y podrían aceptar que viviéramos con ellos sin escondernos.- le dije.

-      ¿Crees que me cuesta confiar en ellos? Estuve aquí cuando Jesús quiso venir a encarnar, y verlo en la Cruz nos partió a todos, como era rechazado por los de su sangre. A pesar de ello, sigo en esta esfera. – confesó Gabriel.

-      Han cambiado desde entonces.- dije.

-      No tanto, Laia. ¿Te piensas que no me daña verte como te hacen Bullying en el colegio? – dijo.

-      Tienen miedo, Gabriel.- dije.

-      ¿Miedo? ¿No lo entiendes, verdad? Si a ti te insultan, te lastiman o te intentan hacer algo, a mí me partes en dos, Laia. Soy capaz de ponerme entre una bala y tú, con tal de que sigas con vida y no vuelvas a morir. – confesó.

Di un paso atrás, me giré hacia la cama.

-      Ya entiendo porqué estás aquí…- le dije.

-      ¿Te enojaste? – dijo sorprendido Gabriel.

-      Solo estás aquí porque yo estoy aquí. Si hubiese ido a otra esfera, ¿estarías en la Tierra?- le pregunté.

Decidió no contestar, lo acepté como un si, en el momento que me iba a agarrar por la cintura me tiré hacia adelante y caí en la cama de cara, pero cuando me intenté levantar, él me agarró me giró y se cayó encima de mí en la cama. Nuestras miradas se sujetaban entre un mar de tensión entre sexual e enojo.

-      Estoy contigo en ayudar a la humanidad a que vivan mejor, pero me cuesta creer que conseguirán la ascensión tal como están los eventos. Tú dices que es miedo, pero yo estoy aquí desde hace eones, observándolos y ayudándolos, enviándoles mensajes a quienes sí quieren aceptarnos, incluso he vivido en la clandestinidad para no acabar enjaulado por alguna época medieval o en un circo. Los humanos son despiadados, des del momento en que los Annunakis participaron en el plan. – dijo Gabriel.

-      ¡Sigue sin ser suficiente!- dije.

-      Hubo un tiempo en que nos dejábamos ver, se organizaron comandos y legiones de ángeles para proteger a la humanidad de la oscuridad más absoluta. Pero perdimos la guerra, y desde entonces vivimos en la clandestinidad. Invisibles para ellos, pero estamos aquí, solo unos pocos en cada época consiguen estar entre los dos mundos, y por lo menos podemos intentar ayudar mejor. – explicó Gabriel.

Su mirada se volvió triste pero a la vez su frustración brotaba dentro de esas perlas esmeraldas tan hermosas, con la yema de los dedos una mano le acaricié la mejilla, me abalancé un poco y le di un beso suave, pero sensual en la mejilla. Noté como empezaba a jadear mientras que su piel volvía a arder.

-      A Padre no le gustó saber que perdimos, y envió más legiones pero ninguna volvía, y si lo hacían estaban tan malheridas que decidió no mandar a nadie más. Y luego… - hizo una pausa mirándome a los ojos.- te ofreciste a ir. – terminó.

Rocé mi nariz con la suya, ambos cerramos los ojos, para sentirnos. Entonces, llamaron a la puerta.

-      ¿Parejita, qué pasa que llegaremos tarde? – decía Uriel intentando abrir la puerta que por suerte Gabriel había cerrado.

-      ¡Si, ya vamos!- grité avergonzada.

Dejé de tocarle las mejillas, y separé la cabeza, pero Gabriel me agarró de las mejillas, me quedé mirándole a los ojos.

Me dio un besito en la punta de la nariz, otro en la frente, y otro en la barbilla, pero cuando se acercaba a los labios, noté los suyos en las comisuras de mis labios. La electricidad me recorría por todo el cuerpo y no pude evitar retorcerme del gusto, deseaba estar con él. Pero paró y nos miramos de nuevo a los ojos, sonrió su mirada perversa que se había vuelto se podía presenciar que disfrutaba.

Salimos de la habitación de matrimonio intentando hacer ver que no había pasado nada, sentado en la silla del comedor estaba Uriel ya preparado, al vernos se levantó aliviado.

-      Al fin… ¡Vamos que ya me han llamado reclamándonos! – dijo enfilando para la puerta principal.

Le seguimos mirándonos Gabriel y yo riéndonos como dos tontos, Uriel vi en alguna ocasión que se giraba e intentaba entendernos pero, el deber le tenía más ocupado. 

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